Madrid, Madrid, Madrid…

Madrid es el corazón, el centro neurálgico de España. Dirige el tráfico desde principios del siglo veinte de igual manera que el semáforo que se instaló en la calle Alcalá en los años sesenta y que fue el primero del país. Ha sufrido innumerables cambios en su piel, tiene cicatrices y caricias. Sus calles se han ensanchado de rabia, de ansias de libertad, las avenidas y aceras han llorado las derrotas pero también han celebrado un sinfín de victorias a favor de las gentes que las recorrían en tranvía o a pie.

Encontrarse a uno mismo en el Madrid cambiante

Aquel Madrid que vivieron nuestros abuelos ha quedado para siempre en su memoria, en su paladar de castañas de la calle Cuchilleros o en el estruendo de bocina de cualquier Seat 1400. Aún quedan los ojos pintados de los reflejos de la luz de la capital.  Buscan aún quienes visitan, el café amargo con la tertulia, y esquivar los propios gatos negros… plagado de recuerdos, que ahora podemos saborear.

Gracias a las fotos antiguas podemos recordar su olor, la cadencia de la vida de la capital, la emoción del recién llegado de una castilla enjuta y abrasada de sol. Madrid era cultura, monumento, arrabal. Madrid era el pueblo, el lamento, Madrid, sin playas con sal. Estos recuerdos se me imprimen en nuestros ojos, (ya no solo míos) sino de todo aquel que pertenece al presente más inmediato, solo a través del olor de la película fotográfica, solo a partir de las historias de nuestros mayores, a partir del primer tren de Atocha… sigue saliendo el sol por donde quiera, sigue paseando el peregrino entre verbena, sigo buscando aquella calle donde mi abuelo me cuenta todavía hoy día que conoció a mi abuela. Y a mí mismo, añade. Sigo volviendo y cada vez es única, a perderme en su aventura, Madrid, Madrid, Madrid…

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